.
un día,
cualquier día
en el futuro no muy lejano,
tal vez dentro de un año o la semana que viene,
en plena boda o graduación o nacimiento de niño,
(cuando menos lo esperemos
pero con toda seguridad más temprano que tarde),
de repente
de la nada
sin explicación alguna
sin antecedente
sin dejar rastro y sin pedir permiso,
desaparecen de la tierra y de los aires
todas las mariposas.
en el caribe,
el último huracán del mundo
se baja del aire sin terminar su trabajo.
en texas,
un apagón que simula una cueva:
las hélices turboeléctricas
se han quedado sin aliento.
en una playa de noche,
una chica feliz exhala: manos cálidas juegan
con sus cabellos largos, negros.
abajo, nadie acaricia su falda corta.
en todas las patrias,
las banderas, antes infladas de brío
se acobardan y se abrazan al asta con desgano.
en los mares: barcos de alas inútiles,
varados y tristes.
en los campos de golf,
jugadores iracundos descubriendo que el dedo recien chupado
ha mentido, costándoles el campeonato.
en la sección de turistas
del vuelo 136, Caracas-Bogotá,
una señora nerviosa desaprieta los ojos
deja de rezar y le agradece a Dios.
en la casa embrujada al final del pueblo,
los resquicios y pasillos dejan de aullar;
los niños pierden su miedo,
y se van.
en la India,
poco importa a los monjes si los violentos
trazos diagonales de la lluvia
se clavan ahora verticalmente contra el suelo.
en las granjas,
en los puertos y aeropuertos, en esos patios ridículos
donde la gente los pone de adorno,
los gallitos de bronce deciden callar.
en el parque,
la piel de la laguna está inmóvil:
sin estrías, ni arrugas,
sólo el chapotear de un par de patos.
no lejos de allí, sobre el verde intenso,
una niña amarilla persigue una larga bufanda roja:
en silencio, dócil, se rinde en pliegues a sus pies.
y un poco más cerca,
por donde venden los helados y los globos,
miles de niñas y niños amontonados en racimo,
con cabos de cuerda y carretes de hilo en sus manos,
ven caer del cielo,
como grandes aves muertas,
como enormes mariposas extintas,
los papagayos
con los colores más hermosos
que se hayan visto.
a mi lado,
el árbol de flores vivas y voladoras,
es ahora un simple árbol
que nadie besa y nadie mece.
estoy enamorado.
un hecho que yo no agradezco,
pero tal vez el mundo sí.
¿dolerá?
¿más de lo que ya ha dolido?
¿funcionará, por lo menos?
llego,
tomo la hoja fría entre mis manos,
arropo mi palma firme contra el mango de marfil.
de rodillas,
de cara ante un cielo que ha dejado de latir,
abro mi estómago y salen volando.
miles
millones,
incontables mariposas
escupidas del capullo de mi abdómen,
paridas a la fuerza a través de esa boca roja
abierta a pocos dedos de mi pecho.
estoy enamorado,
ya un poco menos,
ya no tanto,
ya no.
miles de millones de incontables mariposas.
la tierra y los cielos
vuelven a respirar.
.
.
(translation in progress)
THE WORLD WITHOUT BUTTERFLIES
one day,
any day
in the not too distant future,
maybe within a year or next week,
in the middle of a wedding or a graduation or the birth of a child,
(when we least expect it
but with all certainty sooner than later),
suddenly
out of nowhere
without an explanation
without precedent
without a trace and without asking for permission,
from the earth and the skies dissapear
all the butterflies.
in the caribbean,
the last hurricane in the world
steps off the air without finishing its work.
in texas,
a blackout the size of half the state,
because the turboelectric helixes
have ran out of breath.
in a beach at night,
a happy girl exhales: warm hands play
with her long, black hair.
below, nobody caresses her short skirt.
in all the fatherlands,
flags inflated with de brisk
cower and embrace themselves to the mast with apathy.
in the seas: ships of useless wings,
halted and sad.
in the golf courses,
jugadores iracundos descubriendo que el dedo recien chupado
ha mentido, costándoles el campeonato.
en la sección de turistas
del vuelo 136, Caracas-Bogotá,
una señora nerviosa desaprieta los ojos
deja de rezar y le agradece a Dios.
en la casa embrujada al final del pueblo,
los resquicios y pasillos dejan de aullar;
los niños pierden su miedo,
y se van.
en la India,
poco importa a los monjes si los violentos
trazos diagonales de la lluvia
se clavan ahora verticalmente contra el suelo.
en las granjas,
en los puertos y aeropuertos, en esos patios ridículos
donde la gente los pone de adorno,
los gallitos de bronce deciden callar.
en el parque,
la piel de la laguna está inmóvil:
sin estrías, ni arrugas,
sólo el chapotear de un par de patos.
no lejos de allí, sobre el verde intenso,
una niña amarilla persigue una larga bufanda roja:
en silencio, dócil, se rinde en pliegues a sus pies.
y un poco más cerca,
por donde venden los helados y los globos,
miles de niñas y niños amontonados en racimo,
con cabos de cuerda y carretes de hilo en sus manos,
ven caer del cielo,
como grandes aves muertas,
como enormes mariposas extintas,
los papagayos
con los colores más hermosos
que se hayan visto.
a mi lado,
el árbol de flores vivas y voladoras,
es ahora un simple árbol
que nadie besa y nadie mece.
estoy enamorado.
un hecho que yo no agradezco,
pero tal vez el mundo sí.
¿dolerá?
¿más de lo que ya ha dolido?
¿funcionará, por lo menos?
llego,
tomo la hoja fría entre mis manos,
arropo mi palma firme contra el mango de marfil.
de rodillas,
de cara ante un cielo que ha dejado de latir,
abro mi estómago y salen volando.
miles
millones,
incontables mariposas
escupidas del capullo de mi abdómen,
paridas a la fuerza a través de esa boca roja
abierta a pocos dedos de mi pecho.
estoy enamorado,
ya un poco menos,
ya no tanto,
ya no.
miles de millones de incontables mariposas.
la tierra y los cielos
vuelven a respirar.
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miércoles, 18 de julio de 2007
lunes, 16 de julio de 2007
dreams made flesh
hace un par de semanas comencé a confiar en alguien que sostiene, y vive para demostrar, que los sueños no constituyen buenas historias; que la lógica onírica no es lógica literaria; y que en todo caso, lo único rescatable de los sueños son las emociones, la atmósfera, los temores, los espíritus que habitan las cavernas del corazón, es decir: el material mismo del que están hechos los sueños.
yo no sé si creerle o no.
mi vida onírica es comprobablemente más rica y feliz que mi vida consciente. por eso, muchas veces al despertar, lo que siento es el derrumbe de mi respiración y el aplastamiento de mi cara de cemento contra la almohada, en caso de que haya una, y a veces llego a escuchar un gemido, y creo que soy yo, pero cada vez me importa menos, y menos... y era como regresar de un respiro, de un recreo y un descanso, a la realidad opaca y débil de lo que otra gente llamaría vida.
Era.
hasta ayer, lo fue.
la elipse inconclusa, incongruente, interminable de sueños y vigilias, anoche, entre la noche de ayer y esta mañana, en algún punto de la madrugada o tal vez en el preciso instante de salir el sol, se rompió.
hoy, por primera vez en mi vida, tal vez por vez primera en cualquier vida del mundo y de la historia humana, el material del que está hecho un sueño fue transferido sin deformarse, sin pérdida y sin posibilidad de vuelta atrás, al material del que está hecha una vida de carne y carne.
lo maravilloso sucedió al despertar.
el sueño ni siquiera llegó a ser un presagio.
maracaibo y caracas han crecido tanto que se tocan.
ahora son, juntas, una sola y enorme ciudad, que lo cubre casi todo.
las otras, las del medio, las que uno pasaba de largo cuando viajaba en bus de la primera ciudad a la segunda, o de la segunda a la primera, tragadas y asimiladas por lo que es ahora la única ciudad, y la nueva configuración las define como zonas, municipios, urbanizaciones.
la identidad persiste, sin embargo.
y por lo menos los de maracaibo y los de caracas se deciden seguir odiando, y no mezclarse, y sobre todo maracaibo sigue creyéndose una nación independiente, una raza, una especie, superior.
no ha pasado mucho tiempo, tampoco.
es, o parece ser, el futuro cercano.
diez años. quince. no más. lo suficiente como para ver cambios y fenómenos y maravillas por donde se mire, pero el.crecimiento no ha sido sano. muchas cosas todavía no cuadran. el metro está en todas partes y los carros casi no existen: la gente camina, o va en una especie de tren plateado y descubierto que puede avanzar lo mismo verticalmente que horizontal, y los vagones tienen que hacerse paso por las salas de las casas y los pasillos de las tiendas y los salones de clase y los consultorios y las cocinas, porque ya toda la tierra, en ambos lados de la superficie, ha sido ocupada y construida.
en uno de esos trenes plateados voy viajando cuando sucede.no sé cuántos niveles tiene el vagón. ahora que lo pienso, tal vez dos, o más, o veinte, quién sabe. yo voy en el de arriba. al aire libre. habría que imaginarse esos trenes ridículos que llevan turístas. y vamos sentados mirándonos unos a otros, y es una especie de valle: el pasillo es el río que corre del hocico a la cola, y cada flanco es una tribuna, como en los estadios de fútbol, yo que nunca he ido a uno, y nunca me interesaría ir a uno, y ahi vamos, sentados como mirando un juego, pero mirando a los otros pasajeros, que ahora recuerdo, son los de la otra ciudad: un lado para caracas y uno para maracaibo.
creo que por error me he sentado en el lado de los de caracas.yo soy de maracaibo, del otro extremo del país. lo digo con humildad, sin sentirme, ni saberme, superior, aunque durante muchos años fui el más agresivo regionalista de la cuenca de nuestro lago. eso fue cuando yo creía en cosas.
lo peor, tengo que confesarlo antes de que se me olvide, es el nombre que se le ha dado a esta fusión contra natura: ni maracaibo. ni caracas. las letras y algunas sílabas de una y otra palabra habrían de unirse -así fue decidido después de meses de roja violencia, de casi un año de lo que por poco llegó a ser guerra civil (oportunidad última para el movimiento independentista de maracaibo)- y formar un nuevo nombre, patrio y digno, para esta nueva y ominosa capital.
Maracas.
el dolor.
la burla.
el irrespeto.
lo mismo que sentíamos ante tantas atrocidades durante la reconstrucción del país, durante su transformación en esa extraña potencia auto-contenida. en esa isla. pero peor. para nosotros los de maracaibo, llegar a ese nombre fue lo peor. la deshonra definitiva a manos de un payaso.
pero estoy escapando del tema. de lo que sucedió en el sueño y lo que sucedió -en realidad lo que está sucediento- cuando el sueño murió para darme nacimiento a mí.
(ey, después lo termino.
debo seguir trabajando
y luego una reunión.que ladilla)
yo no sé si creerle o no.
mi vida onírica es comprobablemente más rica y feliz que mi vida consciente. por eso, muchas veces al despertar, lo que siento es el derrumbe de mi respiración y el aplastamiento de mi cara de cemento contra la almohada, en caso de que haya una, y a veces llego a escuchar un gemido, y creo que soy yo, pero cada vez me importa menos, y menos... y era como regresar de un respiro, de un recreo y un descanso, a la realidad opaca y débil de lo que otra gente llamaría vida.
Era.
hasta ayer, lo fue.
la elipse inconclusa, incongruente, interminable de sueños y vigilias, anoche, entre la noche de ayer y esta mañana, en algún punto de la madrugada o tal vez en el preciso instante de salir el sol, se rompió.
hoy, por primera vez en mi vida, tal vez por vez primera en cualquier vida del mundo y de la historia humana, el material del que está hecho un sueño fue transferido sin deformarse, sin pérdida y sin posibilidad de vuelta atrás, al material del que está hecha una vida de carne y carne.
lo maravilloso sucedió al despertar.
el sueño ni siquiera llegó a ser un presagio.
maracaibo y caracas han crecido tanto que se tocan.
ahora son, juntas, una sola y enorme ciudad, que lo cubre casi todo.
las otras, las del medio, las que uno pasaba de largo cuando viajaba en bus de la primera ciudad a la segunda, o de la segunda a la primera, tragadas y asimiladas por lo que es ahora la única ciudad, y la nueva configuración las define como zonas, municipios, urbanizaciones.
la identidad persiste, sin embargo.
y por lo menos los de maracaibo y los de caracas se deciden seguir odiando, y no mezclarse, y sobre todo maracaibo sigue creyéndose una nación independiente, una raza, una especie, superior.
no ha pasado mucho tiempo, tampoco.
es, o parece ser, el futuro cercano.
diez años. quince. no más. lo suficiente como para ver cambios y fenómenos y maravillas por donde se mire, pero el.crecimiento no ha sido sano. muchas cosas todavía no cuadran. el metro está en todas partes y los carros casi no existen: la gente camina, o va en una especie de tren plateado y descubierto que puede avanzar lo mismo verticalmente que horizontal, y los vagones tienen que hacerse paso por las salas de las casas y los pasillos de las tiendas y los salones de clase y los consultorios y las cocinas, porque ya toda la tierra, en ambos lados de la superficie, ha sido ocupada y construida.
en uno de esos trenes plateados voy viajando cuando sucede.no sé cuántos niveles tiene el vagón. ahora que lo pienso, tal vez dos, o más, o veinte, quién sabe. yo voy en el de arriba. al aire libre. habría que imaginarse esos trenes ridículos que llevan turístas. y vamos sentados mirándonos unos a otros, y es una especie de valle: el pasillo es el río que corre del hocico a la cola, y cada flanco es una tribuna, como en los estadios de fútbol, yo que nunca he ido a uno, y nunca me interesaría ir a uno, y ahi vamos, sentados como mirando un juego, pero mirando a los otros pasajeros, que ahora recuerdo, son los de la otra ciudad: un lado para caracas y uno para maracaibo.
creo que por error me he sentado en el lado de los de caracas.yo soy de maracaibo, del otro extremo del país. lo digo con humildad, sin sentirme, ni saberme, superior, aunque durante muchos años fui el más agresivo regionalista de la cuenca de nuestro lago. eso fue cuando yo creía en cosas.
lo peor, tengo que confesarlo antes de que se me olvide, es el nombre que se le ha dado a esta fusión contra natura: ni maracaibo. ni caracas. las letras y algunas sílabas de una y otra palabra habrían de unirse -así fue decidido después de meses de roja violencia, de casi un año de lo que por poco llegó a ser guerra civil (oportunidad última para el movimiento independentista de maracaibo)- y formar un nuevo nombre, patrio y digno, para esta nueva y ominosa capital.
Maracas.
el dolor.
la burla.
el irrespeto.
lo mismo que sentíamos ante tantas atrocidades durante la reconstrucción del país, durante su transformación en esa extraña potencia auto-contenida. en esa isla. pero peor. para nosotros los de maracaibo, llegar a ese nombre fue lo peor. la deshonra definitiva a manos de un payaso.
pero estoy escapando del tema. de lo que sucedió en el sueño y lo que sucedió -en realidad lo que está sucediento- cuando el sueño murió para darme nacimiento a mí.
(ey, después lo termino.
debo seguir trabajando
y luego una reunión.que ladilla)
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